Mordiendo el renacuajo de cera

La última adición a mi pequeña biblioteca de temas peregrinos es un librito de gramática comparada. No es más que una colección de peculiaridades de los distintos idiomas, vivos o muertos, naturales o artificiales, que hemos desarrollado hasta la fecha, incluidos el esperanto, el Klingon, el quechua y el endiablado castellano. (Entre las excentricidades de este último se cuentan esa distinción inaprensible entre ser y estar, ese subjuntivo delirante, esas conjugaciones infernales con terminaciones diferentes para las seis personas, y esa manía de asignarles un género a los seres inanimados.) Es una colección bien escogida, eso sí, preparada con mucho sentido del humor por una auténtica friki de los idiomas que ha decidido que una huida hacia adelante en forma de libro es una buena estrategia cuando a uno le apasionan temas remotos y socialmente poco favorecedores.
Tengo un amigo que está aparentemente convencido de que las primeras palabras que se oyeron sobre la faz de la tierra salieron de la boca de un homo-sapiens en concreto que un buen día se levantó inspirado y fue rápidamente emulado por sus congéneres. El espejismo de que una estructura tan compleja como el lenguaje humano no ha podido crecer orgánicamente, sino que ha surgido de una cantidad reducida de cabezas privilegiadas, recuerda tanto a los argumentos que se dan a favor de la teoría del diseño inteligente, que se podría usar como analogía para ilustrar un poco a sus partidarios, si éstos estuvieran mínimamente interesados en escuchar argumentos en contra, claro está. A veces uno se refugia en estas explicaciones medio míticas del Eslabón Lingüístico Perdido por razones estéticas, porque le parece que la alternativa es más prosaica o menos romántica, y el caso es que a mí me pasa todo lo contrario, de la misma forma que me parece fascinante que una bandada se forme sola, a partir de muchos pájaros no especialmente inteligentes que sólo ven a los dos o tres que vuelan junto a ellos.

biting_large

Gracias a Amazon, mi pequeña biblioteca de temas peregrinos va creciendo. La última adición es este librito de gramática comparada. No es más que una colección de peculiaridades de los distintos idiomas, vivos o muertos, naturales o artificiales, que hemos desarrollado hasta la fecha, incluidos el esperanto, el Klingon, el quechua y el endiablado castellano. (Entre las excentricidades de este último se cuentan esa distinción inaprensible entre ser y estar, ese subjuntivo delirante, esas conjugaciones infernales con terminaciones diferentes para las seis personas, y esa manía de asignarles un género a los seres inanimados.) Es una colección bien escogida, eso sí, preparada con mucho sentido del humor por una auténtica friki de los idiomas que ha decidido que una huida hacia adelante en forma de libro es una buena estrategia cuando a uno le apasionan temas remotos y socialmente poco favorecedores.

Tengo un amigo que está aparentemente convencido de que las primeras palabras que se oyeron sobre la faz de la tierra salieron de la boca de un homo-sapiens en concreto que un buen día se levantó inspirado y fue rápidamente emulado por sus congéneres… y así hasta el programa de Ana Rosa. El espejismo de que una estructura tan compleja como el lenguaje humano no ha podido crecer orgánicamente, sino que ha surgido de una cantidad reducida de cabezas privilegiadas, recuerda tanto a los argumentos que se dan a favor de la teoría del diseño inteligente, que se podría usar como analogía para ilustrar un poco a sus partidarios, si éstos estuvieran mínimamente interesados en escuchar argumentos en contra, claro está. A veces uno se refugia en estas explicaciones medio míticas del Eslabón Lingüístico Perdido por razones estéticas, porque le parece que la alternativa es más prosaica o menos romántica, y el caso es que a mí me pasa todo lo contrario, de la misma forma que me parece fascinante que una bandada se forme sola, a partir de muchos pájaros no especialmente inteligentes que sólo ven a los dos o tres que vuelan junto a ellos.

Y de la misma forma que un creador inteligente que nos hiciera así de propensos a la miopía sería un auténtico sádico, habría que correr a gorrazos a nuestros supuestos diseñadores de lenguajes por los dieciocho casos de la declinación del húngaro, o por la ocurrencia de que en hebreo y árabe los números del tres al diez toman el género opuesto al de los nombres que modifican, o por muchos otros detalles simpáticos y perversos que se pueden encontrar en este libro.
Anuncios