Camus

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De la misma forma que uno debe escoger cuidadosamente la música que acompaña sus estados de ánimo, los libros establecen una relación curiosa con las cosas que nos pasan durante los días en que también nos pasan ellos. He estado una semana fuera y nada más volver me he puesto a desmantelar mi piso. Durante este tiempo he estado leyendo La peste, una novela tan abstracta que se adapta fácilmente a cualquier situación, pero especialmente a éstas en las que uno abandona temporalmente sus rutinas y se despierta por las mañanas en una ciudad extraña, o en una habitación llena de cajas.

Todavía no entiendo muy bien cómo consigue ser tan conmovedora una novela que parece escrita por un zoólogo de visita en un pantano donde una plaga está acabando con las ranas. Supongo que si las ranas pudieran leer el reporte de la investigación, también se conmoverían; la compasión más pura y más incondicional es la que nace del conocimiento, y da miedo pensar en la profundidad con la que el autor, con treinta y tres años, conocía eso que llaman la condición humana. Todos los personajes son el mismo personaje, y somos nosotros mismos, abiertos en canal. En fin, no había leído nada de Camus, pero creo que esperaré a la próxima mudanza para empezar El extranjero

Me encanta esta historia

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Yasmin: Me pregunto cuánto más va a durar tu programa. Porque yo pongo cientos de vacunas triple víricas y todo el trabajo que hacemos en medicina general está siendo echado a perder probablemente por tu programa en 15 minutos y creo que es muy irresponsable.
JB: ¿Por qué?
Yasmin: No parece estar basado en hechos. Siento oír que tu hijo tuvo autismo pero si tú…
JB: Mi hijo. Yasmin – [no] mi hijo – el hijo de otro tuvo autismo.
Yasmin: El hijo de otro, siento mucho oír eso. Pero si leen el estudio de Wakefield en The Lancet en 1998, el doctor Wakefield de hecho dijo que no había probado una asociación entre la triple vírica y…
JB: Bueno, él no tuvo realmente la oportunidad de decir su opinión ¿no, Yasmin? Él fue algo así como…
Yasmin: Yo creo que sí la tuvo. Yo creo que lo dijo recientemente ante un tribunal.
JB: Pero tú no…
Yasmin: Creo que se le ha juzgado por negligencia médica. Creo que tu programa es extremadamente irresponsable. Estás hablando…
JB: Ah, déjame sólo preguntarte algo. Déjame preguntarte algo antes de que sigas con eso. ¿Cómo, si estás tan segura de que tu triple vírica es buena, cómo pueden 15 minutos en LBC 93.7 cambiar lo que la gente piensa?
Yasmin: Te sorprenderías. Y ahora mismo estamos esperando una epidemia de sarampión y es debido a gente como Ken Livingstone y a gente como tú.
Hablas de madres jóvenes que tienen que tomar una decisión muy difícil y, de acuerdo, es así, y yo paso un montón de tiempo hablando con ellas. Pero la gente como tú realmente no se lo hace más fácil.
Acabas de hablar de alguien con una infección de oído. Yo he estado hablando con alguien que conozco que tenía un niño que despertó con los órganos de su oído sobre la almohada, y eso acabó siendo el virus de la rubeola.
Así que deberías pensar qué es lo que estás haciendo aquí y por qué lo haces.
JB: Bueno, sabes, podría decirte, Yasmin, que tú también tienes que pensar sobre eso. Tengo el derecho de…
Yasmin: Lo hago, todos los días.
JB: Y yo, como madre que soy, y eso es lo que estoy diciendo.
Yasmin: Yo soy una madre. Y uno de mis niños ha recibido 3 dosis de sarampión [sic. Posiblemente quiere decir “triple vírica”] y no ha tenido ningún problema con eso. Uno podría recibir cien dosis de sarampión [sic. Posiblemente quiere decir “triple vírica”] y no le pasaría nada.
[Yasmin y JB se interrumpen]
JB: Pero ¿por qué darles la vacuna si han tenido el sarampión? Nunca consigo entender eso.
Yasmin: No damos vacunas a niños que han tenido sarampión. Necesitan una vacuna combinada de sarampión, paperas y rubeola.
Si reciben una sola dosis los estudios muestran que posiblemente necesitarán ser revacunados en un par de años para asegurarse de que la protección les dura toda la vida.
JB: Pero ¿no crees que yo, como madre, tengo el derecho a decidir lo que entra en el cuerpo de mi hijo?
Yasmin: Sí. Y no crees que un padre cuyo hijo tiene cáncer y está recibiendo quimioterapia y tiene una resistencia mucho menor a cosas como el sarampión, paperas y rubeola, tiene el derecho de que su hijo vaya a la escuela…
JB: Totalmente, totalmente.
Yasmin: A una escuela normal de Primaria. Pero como puede haber un niño en la clase, como el tuyo, que tiene la fortuna de ser inmune, ese niño podría contraer el sarampión, las paperas o la rubeola y morir.
JB: Yasmin, mi hija no tenía suficiente inmunidad, y exactamente por eso no dejé que la vacunaran.
Yasmin: Nosotros no los vacunamos. Nosotros esperamos a que tu hijo esté bien y suficientemente fuerte para recibir la vacuna.
JB: Pero yo no quiero que mi hijo se la juegue con todas esas sustancias que hay en una vacuna. Y ahora por qué…
[Yasmin y JB se interrumpen]
Déjame acabar.
Yasmin: ¿Podrías decirme lo que hay en la vacuna? ¿Qué es lo que crees que hay en la vacuna?
JB: No, no lo sé.
Yasmin: Entonces ¿cómo puedes tomar una decisión por tu hijo? Hablas de padres que tienen que tomar decisiones por sus hijos pero si vas a cualquier instituto de secundaria, como yo he hecho, nos han pedido que administremos la triple vírica, todos dicen que la quieren.
Si tú impides la inmunización entonces estás negándole la salud a tu hijo y a otros niños.
JB: No, no, no. Mi hijo es totalmente sano y fuerte…
Yasmin: Entonces eres una de las afortunadas ¿no? Si tu hijo tuviera quimioterapia…
JB: Escucha, escucha, escucha. Yasmin, para. Para.
Yasmin: Querrías que estuviera protegido ¿no?
JB: Deja de ponerte dramática. Si tú…
[JB y Yasmin se interrumpen.]
Yasmin: Deberías pensar en lo que haces en este programa. Estás haciendo mucho daño. Mucho daño.
JB: Bueno, puede que sí. Yo no lo creo.
Yasmin: No sabes de qué estás hablando. Ni siquiera puedes decirme lo que hay en una vacuna tripe vírica así que no deberías estar hablando de ella.
JB: Bueno, puedo averiguarlo… ¿Lo miro en Internet, Jasmin?
Yasmin: Sí, míralo en Internet, en una fuente fiable, algo así como el Departamento de Salud.
JB: ¿De verdad?
Yasmin: … y entonces puede que te escuche, sí.
JB: El Departamento de Salud asusta a la gente.
Gracias por tu llamada, Yasmin.
Me parece que esto es muy interesante. Cuando me dijeron que tenía alto el azúcar, me contaron en aquella habitación que tenía diabetes. Tengo alto el azúcar. Ahora lo tengo normal pero ellos me asustaron. Que es lo que hace la gente como Yasmin

…En internet hay sitio para todas nuestras obsesiones. A mí me pierden las historias sobre  pseudociencia y  la desconfianza contra todos esos médicos malvados que asustan a la gente. Me he encontrado esto en el podcast de Ben Goldacre, que ha ya asomado los rizos por aquí. Un fanático de su blog le envió un mp3 con la grabación completa de un programa de la LBC que la presentadora había usado como plataforma para extender el terror irracional a las vacunas, que ya ha infectado a mucha gente en el Reino Unido y en EE. UU. y al que supongo que en breve nos apuntaremos nosotros también. Goldacre, ni corto ni perezoso, lo puso en su web sin más comentarios; lo cierto es que eran innecesarios, como comprobaréis si tenéis oportunidad de escucharlo o de leer la transcripción que ha preparado un equipo de bloggers. Un trozo de esta transcripción es lo que tenéis aproximadamente traducido ahí arriba. El caso es que ante la polvareda que se levantó, los responsables de la emisora comunicaron a Goldacre que recibiría la visita de sus abogados por infringir los derechos de copyright, le reprocharon fomentar “el acoso a una mujer de 60 años”  y le exigieron que retirara inmediatamente el archivo de su página web, cosa que hizo no sin antes sugerir a sus lectores que colgaran partes de la grabación en sus blogs. Como os podéis imaginar, la idea tuvo mucho éxito y la polvareda se convirtió en un fenómeno viral de ésos, muy apropiado para un tema relacionado con las vacunas. Hasta Stephen Fry se solidarizó con Goldacre desde su twitter, que por lo visto siguen miles y miles de personas. Digamos que la estrategia de la emisora no produjo exactamente el efecto deseado. Es una historia del.icio.sa ¿no os parece?

El cálculo renal

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Desde hace tres años mi vida profesional tiene dos estaciones: la de la docencia, de setiembre a enero; la de la investigación, de febrero a julio. La división no es estricta (siempre hay exámenes que corregir o artículos que leer) pero se nota, vaya si se nota. Acaba de empezar el semestre de los teoremas.

Me gustaría explicaros el contenido y el propósito de lo que voy a hacer durante estos meses, pero me parece una empresa tan difícil o más como la de llevar esa actividad a buen puerto. Y ojo, no lo digo por quedar bien: no estoy nada orgulloso de que aportar mi granito de arena al corpus matemático me cueste tanto como si tuviera que mearlo. Ni tampoco de que esta tarea medio agónica sea además tan remota y tan difícil de justificar para la mayor parte de la gente que me rodea.

Pero me gustan estos primeros días. Después de varias horas estudiando acabo con seis o siete libros abiertos sobre la mesa, el cuaderno lleno de ecuaciones, diagramas y signos de exclamación, la sensación de haber desbrozado lo suficiente como para casi, casi, haber llegado a donde quería. Puede que mañana lo consiga.

Conejo en paz

Pues nada, que estaba yo ayer escuchando al Gran Maestro Freak César Vidal y disfrutando de sus onanismos antigubernamentales. Este hombre habría podido ser el rapero, o el teleevangelista, más pedante del mundo. Hay un espacio dentro de ese bendito programa de La Linterna supuestamente dedicado a la cultura, y digo supuestamente porque mucho decir que vamos a relajarnos y hacer una pausa cultural, y mucho abrir con esa sintonía de musiquita clásica, pero en realidad lo que hace a continuación es seguir con el pim-pam-pum, que es por supuesto lo que nos pone a sus oyentes, aunque por razones muy diversas y no siempre confesables. Pues eso, que como de costumbre siguió repartiendo estopa, sólo que utilizando como excusa para sus letanías temas lejanamente relacionados con la cultura. Que si Iñaki Gabilondo, el mismo periodista que se había inventado terroristas suicidas el 11M (barra de repetición), había comparado a los objetores de la Educación para la Ciudadanía con los simpatizantes de Batasuna (barra de repetición y da capo). Después Mr. Vidal le cedió el micro a la becaria para las noticias breves. Y así fue cómo me enteré de que se había muerto cierto escritor norteamericano llamado John Updike. Y la verdad es que me sentí un poco sucio, como uno que se la está cascando con una peli porno y de repente descubre que la actriz que sale en esa escena era aquella amiguita suya del instituto.

Píldoras de azúcar

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Que la lectura más adictiva de los últimos meses me la haya proporcionado un libro titulado Bad Science es algo que quizás tendría que hacerme mirar. He empezado a leerlo hoy, en plena resaca de Año Nuevo, y cuatro o cinco horas más tarde he conseguido a regañadientes dejar para otro día la segunda mitad. Su autor, Ben Goldacre, es médico y escribe una columna sobre pseudociencia en el Guardian; tiene un podcast que desgraciadamente actualiza con muy poca frecuencia, pero en el que podéis encontrar, por ejemplo, un reportaje fascinante sobre el efecto placebo; en él, al igual que en el capítulo correspondiente de este libro, se cuentan historias y se explican estudios clínicos que le dejan a uno con la boca abierta. Por ejemplo, que cuatro píldoras de azúcar al día son más efectivas que sólo dos contra la úlcera de estómago. Que las píldoras de azúcar de color azul son mejores tranquilizantes que las de color rosa, y viceversa si uno quiere un efecto antidepresivo. Que un potenciador de las náuseas puede funcionar de hecho como un inhibidor si el paciente cree que se trata de lo segundo (esto es rizar el rizo del placebo). Y esa preciosa historia del chamán (un San Manuel Bueno en indio) que aprendió todos los trucos del oficio con la secreta intención de exponer públicamente que el chamanismo era un timo, y se encontró años después practicando esos mismos trucos con gran éxito sobre pacientes agradecidos y asombrados por sus evidentes poderes curativos.

Y también está el revelador capítulo dedicado a la homeopatía. Hay un montón de problemas éticos, económicos y sociales (por no hablar de los científicos) que surgen al pensar en los millones de personas que reciben como mínimo consuelo y apoyo, y muchas veces grados satisfactorios de curación, de un ejército de profesionales en bata blanca que se dedican a escucharlos, a diferencia de sus colegas de la medicina “mainstream”, y a recetarles los terrones de azúcar más caros del mundo, oficialmente basándose en las teorías de un científico loco del siglo diecinueve, pero sobre todo poniendo de manifiesto que la medicina tiene una importante dimensión humana e incluso ritual que los racionalistas y reduccionistas del mundo olvidamos continuamente.

Desde luego Goldacre es un escéptico y en este libro denuncia a base de bien la palabrería hueca y las pseudoexplicaciones con las que nos venden a precio de oro juguetes supuestamente curativos, cremas hidratantes, yogures mágicos, técnicas extravagantes de autosanación y todo eso. Los que hemos leído (compulsivamente) a Martin Gardner o a Randi sabemos que a veces estas historias degeneran en cierto coleccionismo autocomplaciente de frikis, pero este libro tiene mucho más calado, porque pone al descubierto que todos somos consumidores de placebos, de una u otra forma, y muchas veces conscientemente. Y que la cosa no siempre se reduce a charlatanes de feria contra pobres víctimas ignorantes.

E logo?

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En el New Yorker de esta semana se puede leer un exhaustivo perfil de Naomi Klein: un artículo de unas diez mil palabras, muy bien colocadas como siempre, que sólo es posible cuando un periodista con el suficiente talento comparte buena parte de varios días con el personaje en cuestión y sus familiares y amigos. (Lo firma Larissa MacFarquhar; la foto, fusilada ahí arriba, es de Platon).

Después de leerlo pienso en primer lugar que si me llamaran del New Yorker para hacerme un perfil, contestaría que ni de coña. Y en segundo lugar, que da gusto que haya gente que acepte, especialmente gente que dice o hace cosas suficientemente interesantes como para despertarnos esa curiosidad un poco malsana por conocerlos mejor y entender de dónde vienen.  Naomi Klein viene de, y vive en, un completo ecosistema progresista. A su abuelo lo echaron de la Disney a principios de los 40 por organizar huelgas, sus padres se autoexiliaron a Canadá cuando la guerra de Vietnam, la familia de su marido ha sido el alma del partido socialista canadiense durante varias generaciones.

El título del artículo está muy bien escogido: ella es en primer lugar una agitadora, y de hecho esa visceralidad y esa desconfianza en la política organizada es lo que consigue que tantos estemos atentos a lo que dice.

No quiero aparecer demasiado cínica, pero la primera vez que vi el vídeo rock “Yes We Can” que Will.I.Am hizo, mi primera respuesta fue Wow, finalmente un político está haciendo anuncios tan buenos como los de Nike. […] El eslogan “Yes We Can” significa lo que quieras que signifique. Es muy “Just Do It”. Cuando lo oyes, te sorprendes pensando: ¡Sí! ¡Vamos a acabar con la tortura y cerrar Guantánamo y salir de Irak! Y entonces piensas: Espera un momento, ¿está realmente diciendo eso?

Según parece su nuevo libro defiende la teoría, un poco conspiratoria para mi gusto, de que sistemáticamente y en todo el mundo se aprovechan catástrofes naturales y actos terroristas para implantar sin resistencia políticas ultraliberales.

Pero la parte más interesante del artículo es la línea en la que, como de pasada, se comenta que Naomi Klein ¡usa un iPhone! ¿Le habrá rascado la manzana de la parte de atrás?

El frikismo bien entendido

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Después de ver Amélie, y reconociendo que tenía sus puntos, uno se quedaba con ganas de meter a su alegre protagonista trece años en la cárcel, darle una lección y de paso hacer la secuela (nunca mejor dicho) con el mismo espíritu juguetón y las mismas idas de olla, pero en negro.  Esa gran película existe,  se llama Sympathy for Lady Vengeance y es coreana. La vi por casualidad en el cine del Fórum Metropolitano de A Coruña,  en una de esas dos benditas salas en las que no caben más de cincuenta personas, y que programan, discretamente y con un gusto exquisito, clásicos y novedades durante todo el año. (Ayer ofrecían, gratis, The Kid de Chaplin, con la banda sonora interpretada en directo. )

Este fin de semana pasé por mi videoclub favorito y alquilé Oldboy, la segunda película de la “trilogía de la venganza”  que cierra Sympathy for Lady Vengeance. Es más de lo mismo, y me he quedado con ganas de más todavía. Son películas extravagantes, excesivas, y no dejan indiferente a nadie, ni a los que se quedan fascinados ni a los que se van a la mitad, como hicieron algunos de mis compañeros espectadores del Fórum. Son todo lo contrario de esos clones hipercalculados que llenan las carteleras, y de los tostones que reciben subvenciones. Aún hay esperanza para los que vamos al cine no a evadirnos ni a que nos adoctrinen, sino a que nos sacudan durante un rato.