Uno, dos, tres, cuatro, muchos

Cuando empecé a estudiar francés me daba la impresión de que nunca conseguiría llevarme bien con un idioma en el que 96 se decía “cuatro veces veinte más dieciséis”. Me imaginaba que semejante aberración tenía que afectar negativamente al aprendizaje de las matemáticas de los chavales franceses (los belgas francófonos, a pesar de lo mucho que se ríen de ellos al sur de Lille, tienen una palabra para “noventa”). Claro que en los idiomas indoeuropeos la mala elección de los nombres de los números parece ser un mal común. Y menos mal que les copiamos a los árabes sus numerales, porque si no nos pasaríamos la educación primaria aprendiendo a sumar XVIII y CCIV. Pero ¿a qué viene que 12 se diga “doce” y no “diecidós”? Ganas de complicarse la vida. Llevamos con diez dedos en las manos desde la noche de los tiempos y todavía no hemos asumido del todo el sistema decimal. En un artículo de un número reciente del New Yorker (que podéis leer aquí) se hace un recorrido muy interesante por la difícil relación entre el lenguaje, el cerebro y los conceptos matemáticos básicos, a partir del trabajo del neurocientífico francés Stanislas Dehaene. Según parece, todos nacemos con el cerebro formateado para reconocer cantidades pequeñas de objetos (uno, dos, tres, cuatro) como un todo, sin necesidad de recorrer los objetos del grupo uno a uno. No somos los reyes de la creación gracias a eso: a los mapaches también les pasa, por poner un ejemplo humillante. Esa capacidad numérica que traemos de fábrica no encaja demasiado bien con el reconocimiento de los numerales (que se aloja en la parte del cerebro que procesa las imágenes) ni con los nombres de los números (que está en la zona del lenguaje), y eso provoca que nos hagamos muchos líos sumando o multiplicando cantidades pequeñas o, para el caso, que nos pongamos nerviosos cada vez que tenemos que memorizar un número de teléfono. ¿No os pasa? Yo me pongo a repetirlo en voz alta como un zombie hasta que encuentro un papel y un boli.

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Julia Robinson

Julia Robinson

Fue la primera mujer presidente de la American Mathematical Society y su investigación condujo a la solución del Décimo Problema de Hilbert. ¿De qué va todo esto? Otro día os lo cuento. Ahora sólo quiero copiaros aquí esta bonita historia de los primeros años de la carrera de Julia (durante la Segunda Guerra Mundial) que encontré en el Notices of the AMS de este mes, y que resume como pocas la naturaleza de esa curiosa actividad que es la investigación en matemáticas. (Extracto de un artículo de Elizabeth Scott en un número anterior de Notices).

“El profesor Neymann […] dispuso que se me trasladara a otro puesto de investigación para acomodar a Julia. Perfecto, salvo que el Departamento de Personal interfirió de repente, manifestando que ese puesto, ahora que había cambiado, debería estar bajo Personal (esencialmente, fuera de Investigación). Se le pidió a Julia que enviara cada día una descripción del contenido de su trabajo, y así lo hizo: ‘Lunes -intenté probar teorema. Martes -intenté probar teorema. Miércoles -intenté probar teorema. Jueves -intenté probar teorema. Viernes -teorema falso’. Personal se rindió. “