Zone One

Acabo de terminar una novela de zombies y se me ha ocurrido que era una buena ocasión para devolver la vida a este blog… ya veremos si se trata de un espasmo transitorio o si consigo que la criatura eche a andar de nuevo.

La novela es Zone One de Colson Whitehead y por lo que sé todavía no está traducida al castellano. Cuando eso ocurra (y no tardará mucho) tendré que leerla otra vez para enterarme de lo que me he perdido por decidir, desde el primer párrafo, que si consultaba el significado de todas las palabras que no conocía se me iban a agotar la paciencia y la batería del Kindle. Me consuela la certeza de que, a la luz de las críticas que he mirado, comparto esa frustración con buena parte de sus lectores anglófonos. La mitad de los zombies de la novela vienen del diccionario, y parece ser que en muchos casos no había por qué invocarlos porque sus primos vivos podrían haber hecho perfectamente el trabajo.

Otro punto negativo que algunos lectores mencionan es que en la novela no pasa gran cosa y que es difícil seguirle el hilo a lo poco que pasa porque el autor abusa de las digresiones y de los saltos temporales. Se cuenta la historia completa del apocalipsis zombie y los primeros pasos de la reconstrucción, pero en forma de retazos desordenados que el narrador va recuperando de la inquieta cabeza del protagonista a lo largo de un fin de semana decisivo.

Sí que resulta un poco forzada la idea de que a alguien le dé por repasar exhaustivamente sus visitas al Manhattan de antes de la plaga mientras un no-muerto se dispone a arrancarle la nariz de un mordisco. Pero todo esto de los monólogos interiores y la falta de linealidad no es nada que no hayamos visto en Faulkner o Joyce o cualquiera de esos escritores sesudos cuyos libros compramos con devoción, y a veces incluso leemos. Pensándolo bien, si una hecatombe zombie no le pone filosófico a uno, entonces un paseo por Dublín tampoco lo conseguirá. Basta de postureo.

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Mordiendo el renacuajo de cera

La última adición a mi pequeña biblioteca de temas peregrinos es un librito de gramática comparada. No es más que una colección de peculiaridades de los distintos idiomas, vivos o muertos, naturales o artificiales, que hemos desarrollado hasta la fecha, incluidos el esperanto, el Klingon, el quechua y el endiablado castellano. (Entre las excentricidades de este último se cuentan esa distinción inaprensible entre ser y estar, ese subjuntivo delirante, esas conjugaciones infernales con terminaciones diferentes para las seis personas, y esa manía de asignarles un género a los seres inanimados.) Es una colección bien escogida, eso sí, preparada con mucho sentido del humor por una auténtica friki de los idiomas que ha decidido que una huida hacia adelante en forma de libro es una buena estrategia cuando a uno le apasionan temas remotos y socialmente poco favorecedores.
Tengo un amigo que está aparentemente convencido de que las primeras palabras que se oyeron sobre la faz de la tierra salieron de la boca de un homo-sapiens en concreto que un buen día se levantó inspirado y fue rápidamente emulado por sus congéneres. El espejismo de que una estructura tan compleja como el lenguaje humano no ha podido crecer orgánicamente, sino que ha surgido de una cantidad reducida de cabezas privilegiadas, recuerda tanto a los argumentos que se dan a favor de la teoría del diseño inteligente, que se podría usar como analogía para ilustrar un poco a sus partidarios, si éstos estuvieran mínimamente interesados en escuchar argumentos en contra, claro está. A veces uno se refugia en estas explicaciones medio míticas del Eslabón Lingüístico Perdido por razones estéticas, porque le parece que la alternativa es más prosaica o menos romántica, y el caso es que a mí me pasa todo lo contrario, de la misma forma que me parece fascinante que una bandada se forme sola, a partir de muchos pájaros no especialmente inteligentes que sólo ven a los dos o tres que vuelan junto a ellos.

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Gracias a Amazon, mi pequeña biblioteca de temas peregrinos va creciendo. La última adición es este librito de gramática comparada. No es más que una colección de peculiaridades de los distintos idiomas, vivos o muertos, naturales o artificiales, que hemos desarrollado hasta la fecha, incluidos el esperanto, el Klingon, el quechua y el endiablado castellano. (Entre las excentricidades de este último se cuentan esa distinción inaprensible entre ser y estar, ese subjuntivo delirante, esas conjugaciones infernales con terminaciones diferentes para las seis personas, y esa manía de asignarles un género a los seres inanimados.) Es una colección bien escogida, eso sí, preparada con mucho sentido del humor por una auténtica friki de los idiomas que ha decidido que una huida hacia adelante en forma de libro es una buena estrategia cuando a uno le apasionan temas remotos y socialmente poco favorecedores.

Tengo un amigo que está aparentemente convencido de que las primeras palabras que se oyeron sobre la faz de la tierra salieron de la boca de un homo-sapiens en concreto que un buen día se levantó inspirado y fue rápidamente emulado por sus congéneres… y así hasta el programa de Ana Rosa. El espejismo de que una estructura tan compleja como el lenguaje humano no ha podido crecer orgánicamente, sino que ha surgido de una cantidad reducida de cabezas privilegiadas, recuerda tanto a los argumentos que se dan a favor de la teoría del diseño inteligente, que se podría usar como analogía para ilustrar un poco a sus partidarios, si éstos estuvieran mínimamente interesados en escuchar argumentos en contra, claro está. A veces uno se refugia en estas explicaciones medio míticas del Eslabón Lingüístico Perdido por razones estéticas, porque le parece que la alternativa es más prosaica o menos romántica, y el caso es que a mí me pasa todo lo contrario, de la misma forma que me parece fascinante que una bandada se forme sola, a partir de muchos pájaros no especialmente inteligentes que sólo ven a los dos o tres que vuelan junto a ellos.

Y de la misma forma que un creador inteligente que nos hiciera así de propensos a la miopía sería un auténtico sádico, habría que correr a gorrazos a nuestros supuestos diseñadores de lenguajes por los dieciocho casos de la declinación del húngaro, o por la ocurrencia de que en hebreo y árabe los números del tres al diez toman el género opuesto al de los nombres que modifican, o por muchos otros detalles simpáticos y perversos que se pueden encontrar en este libro.

Camus

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De la misma forma que uno debe escoger cuidadosamente la música que acompaña sus estados de ánimo, los libros establecen una relación curiosa con las cosas que nos pasan durante los días en que también nos pasan ellos. He estado una semana fuera y nada más volver me he puesto a desmantelar mi piso. Durante este tiempo he estado leyendo La peste, una novela tan abstracta que se adapta fácilmente a cualquier situación, pero especialmente a éstas en las que uno abandona temporalmente sus rutinas y se despierta por las mañanas en una ciudad extraña, o en una habitación llena de cajas.

Todavía no entiendo muy bien cómo consigue ser tan conmovedora una novela que parece escrita por un zoólogo de visita en un pantano donde una plaga está acabando con las ranas. Supongo que si las ranas pudieran leer el reporte de la investigación, también se conmoverían; la compasión más pura y más incondicional es la que nace del conocimiento, y da miedo pensar en la profundidad con la que el autor, con treinta y tres años, conocía eso que llaman la condición humana. Todos los personajes son el mismo personaje, y somos nosotros mismos, abiertos en canal. En fin, no había leído nada de Camus, pero creo que esperaré a la próxima mudanza para empezar El extranjero

Conejo en paz

Pues nada, que estaba yo ayer escuchando al Gran Maestro Freak César Vidal y disfrutando de sus onanismos antigubernamentales. Este hombre habría podido ser el rapero, o el teleevangelista, más pedante del mundo. Hay un espacio dentro de ese bendito programa de La Linterna supuestamente dedicado a la cultura, y digo supuestamente porque mucho decir que vamos a relajarnos y hacer una pausa cultural, y mucho abrir con esa sintonía de musiquita clásica, pero en realidad lo que hace a continuación es seguir con el pim-pam-pum, que es por supuesto lo que nos pone a sus oyentes, aunque por razones muy diversas y no siempre confesables. Pues eso, que como de costumbre siguió repartiendo estopa, sólo que utilizando como excusa para sus letanías temas lejanamente relacionados con la cultura. Que si Iñaki Gabilondo, el mismo periodista que se había inventado terroristas suicidas el 11M (barra de repetición), había comparado a los objetores de la Educación para la Ciudadanía con los simpatizantes de Batasuna (barra de repetición y da capo). Después Mr. Vidal le cedió el micro a la becaria para las noticias breves. Y así fue cómo me enteré de que se había muerto cierto escritor norteamericano llamado John Updike. Y la verdad es que me sentí un poco sucio, como uno que se la está cascando con una peli porno y de repente descubre que la actriz que sale en esa escena era aquella amiguita suya del instituto.

Píldoras de azúcar

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Que la lectura más adictiva de los últimos meses me la haya proporcionado un libro titulado Bad Science es algo que quizás tendría que hacerme mirar. He empezado a leerlo hoy, en plena resaca de Año Nuevo, y cuatro o cinco horas más tarde he conseguido a regañadientes dejar para otro día la segunda mitad. Su autor, Ben Goldacre, es médico y escribe una columna sobre pseudociencia en el Guardian; tiene un podcast que desgraciadamente actualiza con muy poca frecuencia, pero en el que podéis encontrar, por ejemplo, un reportaje fascinante sobre el efecto placebo; en él, al igual que en el capítulo correspondiente de este libro, se cuentan historias y se explican estudios clínicos que le dejan a uno con la boca abierta. Por ejemplo, que cuatro píldoras de azúcar al día son más efectivas que sólo dos contra la úlcera de estómago. Que las píldoras de azúcar de color azul son mejores tranquilizantes que las de color rosa, y viceversa si uno quiere un efecto antidepresivo. Que un potenciador de las náuseas puede funcionar de hecho como un inhibidor si el paciente cree que se trata de lo segundo (esto es rizar el rizo del placebo). Y esa preciosa historia del chamán (un San Manuel Bueno en indio) que aprendió todos los trucos del oficio con la secreta intención de exponer públicamente que el chamanismo era un timo, y se encontró años después practicando esos mismos trucos con gran éxito sobre pacientes agradecidos y asombrados por sus evidentes poderes curativos.

Y también está el revelador capítulo dedicado a la homeopatía. Hay un montón de problemas éticos, económicos y sociales (por no hablar de los científicos) que surgen al pensar en los millones de personas que reciben como mínimo consuelo y apoyo, y muchas veces grados satisfactorios de curación, de un ejército de profesionales en bata blanca que se dedican a escucharlos, a diferencia de sus colegas de la medicina “mainstream”, y a recetarles los terrones de azúcar más caros del mundo, oficialmente basándose en las teorías de un científico loco del siglo diecinueve, pero sobre todo poniendo de manifiesto que la medicina tiene una importante dimensión humana e incluso ritual que los racionalistas y reduccionistas del mundo olvidamos continuamente.

Desde luego Goldacre es un escéptico y en este libro denuncia a base de bien la palabrería hueca y las pseudoexplicaciones con las que nos venden a precio de oro juguetes supuestamente curativos, cremas hidratantes, yogures mágicos, técnicas extravagantes de autosanación y todo eso. Los que hemos leído (compulsivamente) a Martin Gardner o a Randi sabemos que a veces estas historias degeneran en cierto coleccionismo autocomplaciente de frikis, pero este libro tiene mucho más calado, porque pone al descubierto que todos somos consumidores de placebos, de una u otra forma, y muchas veces conscientemente. Y que la cosa no siempre se reduce a charlatanes de feria contra pobres víctimas ignorantes.

Guesstimation

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Si todas las personas del mundo se colocaran juntas, formando una multitud ¿qué superficie ocuparían?

a) ¿A quién puede importarle semejante estupidez?

b) Humm… veamos. Tres personas por metro cuadrado es una estimación conservadora. Pongamos que hay seis mil millones de personas en el mundo. Eso hace dos mil millones de metros cuadrados, que son dos mil kilómetros cuadrados. Esa superficie es la de un cuadrado de lado… cuarenta y pico kilómetros. Vamos, que cabrían en la isla de Tenerife.

Si tu respuesta es parecida a b), entonces es que ya eres un friki de los números y no necesitas que te convenzan de que este libro es genial. Si es más parecida a a), piénsalo dos veces. Si uno quiere evitar intoxicarse de desinformación, intencionada o no, una de las cosas que debe aprender es a estimar cantidades grandes. (La palabra “guesstimate“, por cierto, es una bonita ocurrencia que se remonta a los años 30.)

El que os he copiado aquí es sólo el primer problema que se propone en el libro; le siguen varias decenas, con sus respuestas a la vuelta de la página. Todos son un entrenamiento estupendo en el olvidado arte de pensarse las cosas con calma, pero además muchas de las soluciones le llevan a uno a replantearse sus opiniones y las decisiones que toma día a día.  ¿Cuántos residuos generan al año las centrales nucleares y las térmicas de combustión? ¿Cuál es el costo real de conducir un coche? ¿Cuál es el riesgo por kilómetro de morir en un accidente de avión, y en uno de coche? ¿Cuánta gente se está hurgando la nariz en este momento en todo el mundo?

(Por cierto, lo de Tenerife me lo tuve que mirar.)

Portnoy

Recuerdo aquel premio Príncipe de Asturias de las Letras en el que los únicos candidatos en la quiniela final eran Paul Auster y Philip Roth. Yo me he leído un buen puñado de libros de cada uno de ellos. Auster es, desde luego, un narrador prodigioso, pero con los años sus historias se me han difuminado y confundido en la memoria hasta reducirse a una única novela, intrincadísima y muy entretenida, pero sin mucha sustancia, una especie de pim-pam-pum existencial en el que los personajes sólo están ahí para que el azar se ensañe con ellos. En cierto sentido Philip Roth también lleva toda su vida escribiendo el mismo libro, amargo y discursivo, y desde luego sus personajes también lo pasan rematadamente mal, pero la culpa no es del ciego destino sino suya y de sus padres y de Estados Unidos. Leyendo sus novelas uno entiende mucho mejor ese país pero también se encuentra con la parte menos confesable de sí mismo. Por supuesto, el Príncipe de Asturias se lo dieron al menos pornográfico de los dos.

Acabo de leer “El mal de Portnoy”, una de las primeras novelas de Roth, me ha parecido espléndida, como siempre, pero además muy divertida, menos negra que las demás. Viene con un glosario muy interesante en el que uno puede aprender a decir “polla” en yiddish de cuatro o cinco formas distintas.

“En Navidades, cuando no tengo clase y puedo ir a patinar de noche, bajo la luz de los reflectores que iluminan el lago, veo titilar los arbolitos tras las cortinas de los gentiles […] no es que haya un árbol ostensiblemente alumbrado en cada salón, sino que las bombillitas de colores con anuncios del Cristianismo resaltan los contornos de las mismísimas casas, resulta que los fonógrafos bombean Noche de Paz en las calles, como si fuera -¿no lo es?- el himno nacional, y en los jardines delanteros, cubiertos de nieve, se ven modelos a escala del montaje ése del pesebre… Para revolvérsele a uno el estómago, vaya. ¿Cómo es posible que se crean toda esa mierda? Y no son sólo los niños: también las personas mayores, ahí se las ve, en los jardines delanteros cubiertos de nieve, dedicándoles sus mejores sonrisas a unas figuras de marquetería llamadas María, José y Jesusito de mi vida… ¡Hasta las vacas y los caballos sonríen de oreja a oreja! ¡Dios! El año entero aguantando la idiotez de los judíos y luego vienen las Navidades y hay que aguantar la idiotez de los goyim! ¡Qué país! Luego nos extrañamos de que haya un cincuenta por ciento de majaretas.”

Pues eso.