Zone One

Acabo de terminar una novela de zombies y se me ha ocurrido que era una buena ocasión para devolver la vida a este blog… ya veremos si se trata de un espasmo transitorio o si consigo que la criatura eche a andar de nuevo.

La novela es Zone One de Colson Whitehead y por lo que sé todavía no está traducida al castellano. Cuando eso ocurra (y no tardará mucho) tendré que leerla otra vez para enterarme de lo que me he perdido por decidir, desde el primer párrafo, que si consultaba el significado de todas las palabras que no conocía se me iban a agotar la paciencia y la batería del Kindle. Me consuela la certeza de que, a la luz de las críticas que he mirado, comparto esa frustración con buena parte de sus lectores anglófonos. La mitad de los zombies de la novela vienen del diccionario, y parece ser que en muchos casos no había por qué invocarlos porque sus primos vivos podrían haber hecho perfectamente el trabajo.

Otro punto negativo que algunos lectores mencionan es que en la novela no pasa gran cosa y que es difícil seguirle el hilo a lo poco que pasa porque el autor abusa de las digresiones y de los saltos temporales. Se cuenta la historia completa del apocalipsis zombie y los primeros pasos de la reconstrucción, pero en forma de retazos desordenados que el narrador va recuperando de la inquieta cabeza del protagonista a lo largo de un fin de semana decisivo.

Sí que resulta un poco forzada la idea de que a alguien le dé por repasar exhaustivamente sus visitas al Manhattan de antes de la plaga mientras un no-muerto se dispone a arrancarle la nariz de un mordisco. Pero todo esto de los monólogos interiores y la falta de linealidad no es nada que no hayamos visto en Faulkner o Joyce o cualquiera de esos escritores sesudos cuyos libros compramos con devoción, y a veces incluso leemos. Pensándolo bien, si una hecatombe zombie no le pone filosófico a uno, entonces un paseo por Dublín tampoco lo conseguirá. Basta de postureo.

La caza del Gömböc

El matemático húngaro Gábor Domokos ha invertido diez años en la caza de un platónico huevo de Pascua. Además de muchos cálculos, la empresa le exigió recoger y clasificar miles de guijarros con la ayuda de su mujer durante unas vacaciones en las islas griegas, lo cual no se corresponde a primera vista con la idea de una escapada romántica, aunque como él mismo dice en la entrevista que le hacen en Plus Podcast, un matrimonio que sobrevive a eso puede considerarse indestructible. La empresa le llevó también a examinar caparazones de tortugas de especies muy diversas, en zoológicos y tiendas de mascotas repartidas por Hungría, y esta fase de la investigación tampoco estuvo exenta de riesgos, ya que su experimento consistía en darles la vuelta a los pobres animalitos y observar cómo volvían a ponerse panza abajo; esto sólo podía hacerse a escondidas porque suponía un trato cruel que los cuidadores de las tortugas no estaban dispuestos a permitir. El estrés que sufrieron su mujer y los pobres animalitos no fue en vano y el Gömböc acabó apareciendo; podéis admirar sus formas armoniosas en esta página web, e incluso encargar uno: es el pisapapeles más geek de la historia, y el que más ha costado diseñar con diferencia.
El Gömböc es un cuerpo convexo, de densidad constante, con exactamente dos puntos de equilibrio: uno estable y uno inestable. (Esto se puede entender mejor si pensáis en un elipsoide con los tres ejes distintos, que tiene dos puntos de equilibrio estables y cuatro inestables.) Muchos pensaban que este objeto no era posible hasta que Domokos y un colega despejaron todas las dudas construyéndolo; para dejar mejor constancia de su existencia tendrían que haberlo presentado dándole una patada, como otra piedra que Samuel Johnson hizo famosa siglos atrás. Si le hacéis eso al Gömböc, al caer se las arreglará para volver a colocarse sobre su único punto de equilibrio estable, independientemente de cómo haya aterrizado. Y ahí se quedará, y ahí acabará volviendo cada vez que intentéis darle la vuelta, como una tortuga pero sin rastro de estrés.

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El matemático húngaro Gábor Domokos ha invertido diez años en la caza de un platónico huevo de Pascua. Además de hacer muchos cálculos, esta empresa le exigió recoger y clasificar miles de guijarros con la ayuda de su mujer durante unas vacaciones en las islas griegas, lo cual no se corresponde a primera vista con la idea de una escapada romántica, aunque como él mismo dice en la entrevista que le hacen en Plus Podcast, un matrimonio que sobrevive a eso puede considerarse indestructible. La empresa le llevó también a examinar caparazones de tortugas de especies muy diversas, en zoológicos y tiendas de mascotas repartidas por Hungría, y esta fase de la investigación tampoco estuvo exenta de riesgos, ya que su experimento consistía en darles la vuelta y observar cómo volvían a ponerse panza abajo; esto sólo podía hacerse a escondidas porque suponía un trato cruel que los cuidadores de las tortugas no estaban dispuestos a permitir. El estrés que sufrieron su mujer y los pobres animalitos no fue en vano y el Gömböc acabó apareciendo; podéis admirar sus formas armoniosas en esta página web, e incluso encargar uno: es el pisapapeles más geek de la historia, y el que más ha costado diseñar con diferencia.

El Gömböc es un cuerpo convexo, de densidad constante, con exactamente dos puntos de equilibrio: uno estable y uno inestable. (Esto se puede entender mejor si pensáis en un elipsoide con los tres ejes distintos, que tiene dos puntos de equilibrio estables y cuatro inestables.) Muchos pensaban que este objeto no era posible hasta que Domokos y un colega despejaron todas las dudas construyéndolo; para dejar mejor constancia de su existencia tendrían que haberlo presentado dándole una patada, como otra piedra que Samuel Johnson hizo famosa siglos atrás. Si le hacéis eso al Gömböc, al caer se las arreglará para volver a colocarse sobre su único punto de equilibrio estable, independientemente de cómo haya aterrizado. Y ahí se quedará, y ahí acabará volviendo cada vez que intentéis darle la vuelta, como una tortuga pero implacablemente y sin muestras de estrés.

Brave new atheism

Siguen unos extractos de un artículo de James Wood en el New Yorker del 31 de agosto en el que se reseñan diversos libros recientes de teología y filosofía de la religión. Espero que mi traducción chapucera del inglés no se haya cargado todos los matices de sus argumentos. Mi madre, como cualquier persona al mismo tiempo creyente y razonable, lo suscribiría si tuviera la paciencia de leerlo hasta el final. Yo no soy creyente pero no querría dejar de ser razonable, y lo que se dice aquí me parece muy valioso.
Nada demuestra más claramente que el ateísmo es una forma de creencia religiosa […] que el surgimiento del llamado “nuevo ateísmo”. En años recientes, un cristianismo evangélico resurgente, marcado por el literalismo bíblico, la creencia en un “Dios personal”, la hostilidad a la racionalidad científica y el progreso, y una tendencia política profundamente conservadora ha sido, curiosamente, refutado por un ateísmo resurgente, marcado por su propio literalismo bíblico, la hostilidad a la fe en un Dios personal, una profunda fe en la racionalidad científica y el progreso, y típicamente una tendencia política comprometida y progresista.
El ateísmo está estructuralmente unido a la creencia que niega, y es necesariamente un tipo de creencia rival; el agnosticismo indiferente sería una liberación más auténtica. Para Richard Dawkins, Sam Harris y Christopher Hitchens, entre otros, el Dios contra el que más vale la pena luchar parece ser un híbrido de un Antiguo Testamento interpretado de forma barata, un Corán analizado con prejuicios, y el sentimentalismo del evangelismo contemporáneo: Él creó el mundo, controla nuestros destinos, vive en el cielo, nos ama cuando no nos está castigando, interviene para hacer milagros, mandó a Su único hijo a morir en la Cruz y salvarnos del pecado, y promete el cielo a los devotos. Este Dios no es muy judaico, ni muy filosófico: no es la entidad incorpórea e indescriptible que Maimónides o Tomás de Aquino circunnavegan sin cesar […]. Ni tampoco es Buda. El hinduismo sólo se menciona cuando es fundamentalista: cuando se aproxima al literalismo monoteísta.
Para los nuevos ateos, igual que para muchos cristianos americanos contemporáneos, la fe se considera ciega -un irracional cerrar los ojos a la evidencia y la razón, un salto de fe hacia una imbecilidad infinita. Los nuevos ateos no se dirigen a los millones de personas cuya forma de entender la religión está lejos de las certezas del literalismo contemporáneo, y que no se sienten inclinados a someterse a los mulás locos ni a los pastores fanáticos. De hecho, este tipo de ateísmo asume que no hay creyentes inteligentes […] y que cualquier científico en activo que manifiesta creer en Dios está probablemente mintiendo, o es claramente mediocre. Se presupone que el darwinismo invalida cualquier creencia religiosa, a pesar de lo que reconocía Stephen Jay Gould sobre que “o bien la mitad de mis colegas son enormemente estúpidos, o bien la ciencia del darwinismo es enteramente compatible con las creencias religiosas convencionales”.
[…] Abolir la categoría de lo religioso deja a los no creyentes sin una  manifestación de lo inexpresable; impide que las estelas de la incertidumbre pasen sobre nuestras vidas. Lo que resulta más repelente del nuevo ateísmo es su certidumbre intolerante; siempre es mediodía en el mundo de Dawkins, y el sol de la ciencia y el positivismo liberal abrasa y no produce sombras.

Siguen unos extractos de un artículo de James Wood (que no Woods) en el New Yorker del 31 de agosto en el que se reseñan diversos libros recientes de teología y filosofía de la religión. Espero que mi traducción chapucera del inglés no se haya cargado todos los matices de sus argumentos. Mi madre, como cualquier persona al mismo tiempo creyente y razonable, lo suscribiría si tuviera la paciencia de leerlo hasta el final. Yo no soy creyente pero no querría dejar de ser razonable, y lo que se dice aquí me parece muy valioso.

Nada demuestra más claramente que el ateísmo es una forma de creencia religiosa […] que el surgimiento del llamado “nuevo ateísmo”. En años recientes, un cristianismo evangélico resurgente, marcado por el literalismo bíblico, la creencia en un “Dios personal”, la hostilidad a la racionalidad científica y el progreso, y una tendencia política profundamente conservadora ha sido, curiosamente, refutado por un ateísmo resurgente, marcado por su propio literalismo bíblico, la hostilidad a la fe en un Dios personal, una profunda fe en la racionalidad científica y el progreso, y típicamente una tendencia política comprometida y progresista.

El ateísmo está estructuralmente unido a la creencia que niega, y es necesariamente un tipo de creencia rival; el agnosticismo indiferente sería una liberación más auténtica. Para Richard Dawkins, Sam Harris y Christopher Hitchens, entre otros, el Dios contra el que más vale la pena luchar parece ser un híbrido de un Antiguo Testamento interpretado de forma barata, un Corán analizado con prejuicios, y el sentimentalismo del evangelismo contemporáneo: Él creó el mundo, controla nuestros destinos, vive en el cielo, nos ama cuando no nos está castigando, interviene para hacer milagros, mandó a Su único hijo a morir en la Cruz y salvarnos del pecado, y promete el cielo a los devotos. Este Dios no es muy judaico, ni muy filosófico: no es la entidad incorpórea e indescriptible que Maimónides o Tomás de Aquino circunnavegan sin cesar […]. Ni tampoco es Buda. El hinduismo sólo se menciona cuando es fundamentalista: cuando se aproxima al literalismo monoteísta.

Para los nuevos ateos, igual que para muchos cristianos americanos contemporáneos, la fe se considera ciega -un irracional cerrar los ojos a la evidencia y la razón, un salto de fe hacia una imbecilidad infinita. Los nuevos ateos no se dirigen a los millones de personas cuya forma de entender la religión está lejos de las certezas del literalismo contemporáneo, y que no se sienten inclinados a someterse a los mulás locos ni a los pastores fanáticos. De hecho, este tipo de ateísmo asume que no hay creyentes inteligentes […] y que cualquier científico en activo que manifiesta creer en Dios está probablemente mintiendo, o es claramente mediocre. Se presupone que el darwinismo invalida cualquier creencia religiosa, a pesar de lo que reconocía Stephen Jay Gould sobre que “o bien la mitad de mis colegas son enormemente estúpidos, o bien la ciencia del darwinismo es enteramente compatible con las creencias religiosas convencionales”.

[…] Abolir la categoría de lo religioso deja a los no creyentes sin una  manifestación de lo inexpresable; impide que las estelas de la incertidumbre pasen sobre nuestras vidas. Lo que resulta más repelente del nuevo ateísmo es su certidumbre intolerante; siempre es mediodía en el mundo de Dawkins, y el sol de la ciencia y el positivismo liberal abrasa y no produce sombras.

Mordiendo el renacuajo de cera

La última adición a mi pequeña biblioteca de temas peregrinos es un librito de gramática comparada. No es más que una colección de peculiaridades de los distintos idiomas, vivos o muertos, naturales o artificiales, que hemos desarrollado hasta la fecha, incluidos el esperanto, el Klingon, el quechua y el endiablado castellano. (Entre las excentricidades de este último se cuentan esa distinción inaprensible entre ser y estar, ese subjuntivo delirante, esas conjugaciones infernales con terminaciones diferentes para las seis personas, y esa manía de asignarles un género a los seres inanimados.) Es una colección bien escogida, eso sí, preparada con mucho sentido del humor por una auténtica friki de los idiomas que ha decidido que una huida hacia adelante en forma de libro es una buena estrategia cuando a uno le apasionan temas remotos y socialmente poco favorecedores.
Tengo un amigo que está aparentemente convencido de que las primeras palabras que se oyeron sobre la faz de la tierra salieron de la boca de un homo-sapiens en concreto que un buen día se levantó inspirado y fue rápidamente emulado por sus congéneres. El espejismo de que una estructura tan compleja como el lenguaje humano no ha podido crecer orgánicamente, sino que ha surgido de una cantidad reducida de cabezas privilegiadas, recuerda tanto a los argumentos que se dan a favor de la teoría del diseño inteligente, que se podría usar como analogía para ilustrar un poco a sus partidarios, si éstos estuvieran mínimamente interesados en escuchar argumentos en contra, claro está. A veces uno se refugia en estas explicaciones medio míticas del Eslabón Lingüístico Perdido por razones estéticas, porque le parece que la alternativa es más prosaica o menos romántica, y el caso es que a mí me pasa todo lo contrario, de la misma forma que me parece fascinante que una bandada se forme sola, a partir de muchos pájaros no especialmente inteligentes que sólo ven a los dos o tres que vuelan junto a ellos.

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Gracias a Amazon, mi pequeña biblioteca de temas peregrinos va creciendo. La última adición es este librito de gramática comparada. No es más que una colección de peculiaridades de los distintos idiomas, vivos o muertos, naturales o artificiales, que hemos desarrollado hasta la fecha, incluidos el esperanto, el Klingon, el quechua y el endiablado castellano. (Entre las excentricidades de este último se cuentan esa distinción inaprensible entre ser y estar, ese subjuntivo delirante, esas conjugaciones infernales con terminaciones diferentes para las seis personas, y esa manía de asignarles un género a los seres inanimados.) Es una colección bien escogida, eso sí, preparada con mucho sentido del humor por una auténtica friki de los idiomas que ha decidido que una huida hacia adelante en forma de libro es una buena estrategia cuando a uno le apasionan temas remotos y socialmente poco favorecedores.

Tengo un amigo que está aparentemente convencido de que las primeras palabras que se oyeron sobre la faz de la tierra salieron de la boca de un homo-sapiens en concreto que un buen día se levantó inspirado y fue rápidamente emulado por sus congéneres… y así hasta el programa de Ana Rosa. El espejismo de que una estructura tan compleja como el lenguaje humano no ha podido crecer orgánicamente, sino que ha surgido de una cantidad reducida de cabezas privilegiadas, recuerda tanto a los argumentos que se dan a favor de la teoría del diseño inteligente, que se podría usar como analogía para ilustrar un poco a sus partidarios, si éstos estuvieran mínimamente interesados en escuchar argumentos en contra, claro está. A veces uno se refugia en estas explicaciones medio míticas del Eslabón Lingüístico Perdido por razones estéticas, porque le parece que la alternativa es más prosaica o menos romántica, y el caso es que a mí me pasa todo lo contrario, de la misma forma que me parece fascinante que una bandada se forme sola, a partir de muchos pájaros no especialmente inteligentes que sólo ven a los dos o tres que vuelan junto a ellos.

Y de la misma forma que un creador inteligente que nos hiciera así de propensos a la miopía sería un auténtico sádico, habría que correr a gorrazos a nuestros supuestos diseñadores de lenguajes por los dieciocho casos de la declinación del húngaro, o por la ocurrencia de que en hebreo y árabe los números del tres al diez toman el género opuesto al de los nombres que modifican, o por muchos otros detalles simpáticos y perversos que se pueden encontrar en este libro.

La problemática del vampiro adolescente suburbano en Suecia

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Seguro que no es una coincidencia: dos estrenos casi consecutivos de historias de amor adolescente entre un vampiro y un humano con problemas de integración escolar. Pero ésta es delicada, turbadora y transgresora; la otra era básicamente ñoña. Y es que domesticar a un vampiro no tiene perdón. La niña de Déjame entrar es un vampiro con todas las de la ley, con toda su tragedia y su fascinación a cuestas. Y la película es un milagro en el que las miradas desazonan más que las amputaciones.

Señal y ruido

¿Os acordáis de aquel cuento de Borges en el que se describía una biblioteca que contenía todos los libros posibles? Vamos, que en algún estante está el Quijote, en otro estante remoto el Quijote con la palabra adarga escrita con hache, en otro un Quijote sin faltas de ortografía pero con una abducción extraterrestre hacia el final… Ese cuento se escribió décadas antes de la digitalización masiva de los contenidos, y si lo leéis ahora sustituyendo mentalmente la palabra “biblioteca” por “Internet” seguramente no podréis evitar un escalofrío.

Me acordé de este cuento el otro día, repasando el blog de Brian Hayes, en una entrada sobre esas páginas web que son versiones contrahechas de sitios auténticos. Seguramente os habréis tropezado con una de ellas en algún momento; el contenido es ininteligible pero parece claro que se han generado a partir de un texto recortado de Internet, sustituyendo muchas palabras por sinónimos sin tener el cuenta el contexto, o haciendo traducciones automáticas de ida y vuelta. Me pregunto qué porcentaje de blogs vivos en Blogger o en WordPress están realmente escritos por humanos, y si ese porcentaje está bajando poco a poco. Por ahora parece que la cosa no pasa de una curiosidad, pero puede estar cerca el día en el que el spam llene nuestra página de resultados de Google o (todavía peor) en que los algoritmos que generan estos contenidos falsos se perfeccionen hasta el punto de que sea difícil distinguir el legítimo. Como decía Borges, “Tú, que me lees, ¿estás seguro de entender mi lenguaje?”

Las increíbles posibilidades del LaTeX

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Si buscáis LaTeX en Google encontraréis, junto a los previsibles enlaces sobre colchones y catálogos de sex-shops, muchas referencias al software que utilizo con mayor frecuencia, con perdón del sistema operativo y quizás del explorador de Internet.

Hace treinta años Donald Knuth, profesor de computación de la Universidad de Stanford, recibió las pruebas de uno de los volúmenes de su obra The Art of Computer Programming, una verdadera biblia de la programación en cuya redacción continúa inmerso hoy en día, y pensó que la edición era francamente cutre. Era todo lo que daban de sí las herramientas de proceso de textos de las que se disponía por entonces. En vez de resignarse, decidió hacer un paréntesis para aprender los arcanos de la tipografía y la composición y desarrollar un sistema que produjera resultados más dignos, especialmente para la elaboración de textos que incluyeran notación científica. El resultado, que bautizó como TeX, se convirtió rápidamente en un estándar, gracias a su apabullante calidad y al hecho de que Knuth puso el código, y las fuentes que desarrolló, a disposición de una comunidad de usuarios que ha crecido hasta incluir a buena parte de los matemáticos, físicos e informáticos del mundo. Uno de ellos, Leslie Lamport, programó una extensión llamada LaTeX que añadía muchas posibilidades nuevas al sistema, especialmente en la elaboración de documentos complejos.

Los usuarios de LaTeX, después de remontar una curva de aprendizaje que desgraciadamente es bastante empinada al principio, nos hemos convertido en fanáticos al ver lo que somos capaces de hacer usando este software. Odiamos el Word y todos sus primos what you see is what you get, esos monstruos inestables con los que te tienes que pelear para producir documentos de una calidad mediocre, aunque no contengan fórmulas. (Escribir una fórmula en Word es una tarea que no le encargaría a mi peor enemigo.)

Toda esta historia se cuenta en el número de Notices of the AMS de este mes. Feliz cumpleaños y ánimo con el volumen 4, Donald.