
Desde hace tres años mi vida profesional tiene dos estaciones: la de la docencia, de setiembre a enero; la de la investigación, de febrero a julio. La división no es estricta (siempre hay exámenes que corregir o artículos que leer) pero se nota, vaya si se nota. Acaba de empezar el semestre de los teoremas.
Me gustaría explicaros el contenido y el propósito de lo que voy a hacer durante estos meses, pero me parece una empresa tan difícil o más como la de llevar esa actividad a buen puerto. Y ojo, no lo digo por quedar bien: no estoy nada orgulloso de que aportar mi granito de arena al corpus matemático me cueste tanto como si tuviera que mearlo. Ni tampoco de que esta tarea medio agónica sea además tan remota y tan difícil de justificar para la mayor parte de la gente que me rodea.
Pero me gustan estos primeros días. Después de varias horas estudiando acabo con seis o siete libros abiertos sobre la mesa, el cuaderno lleno de ecuaciones, diagramas y signos de exclamación, la sensación de haber desbrozado lo suficiente como para casi, casi, haber llegado a donde quería. Puede que mañana lo consiga.
