Julio 16, 2008...11:29 am

Portnoy

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Recuerdo aquel premio Príncipe de Asturias de las Letras en el que los únicos candidatos en la quiniela final eran Paul Auster y Philip Roth. Yo me he leído un buen puñado de libros de cada uno de ellos. Auster es, desde luego, un narrador prodigioso, pero con los años sus historias se me han difuminado y confundido en la memoria hasta reducirse a una única novela, intrincadísima y muy entretenida, pero sin mucha sustancia, una especie de pim-pam-pum existencial en el que los personajes sólo están ahí para que el azar se ensañe con ellos. En cierto sentido Philip Roth también lleva toda su vida escribiendo el mismo libro, amargo y discursivo, y desde luego sus personajes también lo pasan rematadamente mal, pero la culpa no es del ciego destino sino suya y de sus padres y de Estados Unidos. Leyendo sus novelas uno entiende mucho mejor ese país pero también se encuentra con la parte menos confesable de sí mismo. Por supuesto, el Príncipe de Asturias se lo dieron al menos pornográfico de los dos.

Acabo de leer “El mal de Portnoy”, una de las primeras novelas de Roth, me ha parecido espléndida, como siempre, pero además muy divertida, menos negra que las demás. Viene con un glosario muy interesante en el que uno puede aprender a decir “polla” en yiddish de cuatro o cinco formas distintas.

“En Navidades, cuando no tengo clase y puedo ir a patinar de noche, bajo la luz de los reflectores que iluminan el lago, veo titilar los arbolitos tras las cortinas de los gentiles [...] no es que haya un árbol ostensiblemente alumbrado en cada salón, sino que las bombillitas de colores con anuncios del Cristianismo resaltan los contornos de las mismísimas casas, resulta que los fonógrafos bombean Noche de Paz en las calles, como si fuera -¿no lo es?- el himno nacional, y en los jardines delanteros, cubiertos de nieve, se ven modelos a escala del montaje ése del pesebre… Para revolvérsele a uno el estómago, vaya. ¿Cómo es posible que se crean toda esa mierda? Y no son sólo los niños: también las personas mayores, ahí se las ve, en los jardines delanteros cubiertos de nieve, dedicándoles sus mejores sonrisas a unas figuras de marquetería llamadas María, José y Jesusito de mi vida… ¡Hasta las vacas y los caballos sonríen de oreja a oreja! ¡Dios! El año entero aguantando la idiotez de los judíos y luego vienen las Navidades y hay que aguantar la idiotez de los goyim! ¡Qué país! Luego nos extrañamos de que haya un cincuenta por ciento de majaretas.”

Pues eso.

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