Ya he vuelto de mi periplo siciliano. Han sido dieciocho días en total, de los que dediqué diez a asistir a un congreso absurdamente largo, dos a ir y volver, y el resto a flipar con las iglesias y los templos griegos, el Etna y sobre todo los sicilianos.
Me ha pasado un poco de todo. A la ida me perdieron las maletas, a la vuelta me hicieron perder el avión, y durante mi estancia viví, a los dos lados del parabrisas, esa forma tan imaginativa que tienen los lugareños de administrar el tráfico rodado. Mis amigos me habían prevenido contra la idea de conducir en las ciudades, pero yo no estoy seguro que el peatón lo tenga mejor; al menos dentro de un coche hay una estructura que te protege.
Palermo me pareció un sitio encantador, y eso que está medio en ruinas, o quizás fue precisamente por eso. Desde luego las calles tienen una vida que las nuestras han perdido hace tiempo: los mercados, las freidurías, las tabernas, los niños correteando por todas partes…
El congreso fue en Erice, una villa medieval encaramada en lo alto de una montaña, un sitio bonito pero un poco artificial porque parece habitado sólo por turistas, camareros y congresistas. Por la noche no hay nadie en la calle y es imposible no pensar que aquello es un decorado. Y por el día había un montón de matemáticos locos sueltos por las calles, doblemente terrorífico.
Mis consejos: No os compréis la Lonely Planet, es malísima (la información está caducada o incompleta o las dos cosas, apenas hay recogidos sitios baratos para dormir). No os perdáis la subida al Etna, pero la subida hasta el cráter ¿eh? nada de quedarse donde te dejan los autobuses, a menos, claro, que haya una erupción en curso. No perdáis un día en Palermo por ir a Cefalù, a menos que sintáis la necesidad de pasaros una tarde tirados en una tumbona en la playa. Aprended por lo menos las frases más útiles en italiano; eso de que en español se arregla uno es un mito. Probad la repostería y la bollería local. Y procurad que vuestro viaje no coincida con un Italia-España.

